La pequeña gran ópera del pobre Carlos

Creo que el lector, una vez haya asumido la función de espectador, estará de acuerdo. Esta nueva, portentosa obra de Martha Escondeur, despliega una sugestiva atmósfera que evoca espacios teatrales, a veces operísticos, en ocasiones, incluso circenses. Ante todo, por el claro diseño escenográfico que domina la composición. Lo que se refleja en las telas, aun en los más austeros planteos de las esculturas, alude a una presencia sutil o resuelta, de visibles escenarios. Desde el pequeño escenario tipo teatro sacramental, auto de fe, a la exuberante épica de la ópera italiana. Por cierto, no aludo a escenarios convencionales. No se trata de una división nítida entre el lugar donde transcurre la puesta en escena y la amplia platea de quienes son espectadores, de quienes miran. Entre otras cosas porque la historia de Carlos no es simple. ¿Acaso nuestra peripecia vital lo es? Los roles tampoco son simples, ni en las pinturas y esculturas, ni en quienes las contemplan.

Primero, es posible que el espectador comience mirando con cierta distancia. A medida que deje surgir su emotividad, la actitud, seguramente, ira cambiando. Estará afuera y estará adentro. De espectador pasará a ser protagonista o, por lo menos, se identificará con los sinsabores del pobre Carlos. Conviene puntualizar que el uso del adjetivo no implica compasión, no es pronunciado desde una superioridad despectiva. Es la rica pobreza común a la condición humana, más allá de categorías económicas, de niveles espirituales. Ese frágil hombrecito posee valor emblematico. Es, resulta obvio, varón. Pero con él puede identificarse cualquiera, incluida la mujer. Después de todo, la creadora de estas imágenes, es una artista mujer. La historia de Carlos, su perpetua búsqueda del cielo, sus travesías por los círculos de profanos infiernos, es la historia de la autora, es la mía, en mayor o menor medida, es la historia de muchos. Carlos es actor involuntario. Es él mismo y es un desplazamiento de lo que somos otros, un alter ego. Elegido para representar la peripecia, la memoria afectiva que nace de ella. Desde esa tesitura, pasará a ser alegoría trascendida al plano de lo colectivo, al plano de las conductas sociales.

Martha Escondeur me convocó para que viera sus primeras pinturas, hecho previo a cualquier desempeño curatorial. Al tener el primer contacto directo con pocas piezas, de manera inevitable pensé en Mario Benedetti. En los infiernos burocráticos tan dura y melancólicamente detallados en sus Poemas de la oficina. Incluso frente a una obra como Juicio a la conciencia, dónde Carlos no está, sólo aparece en el centro de una pista circense una silla que ha sido usada y vuelta a usar, sentí una especie de susurro que llegaba desde poemas en otro tiempo memorizados. “Este cielo de ahora, no. El cielo de cuando me jubile”. En esa silla deberá estar Carlos o, quizás ya ha estado. En esa silla puede haber dejado sus sueños, sus esperanzas. O se espera alguna especie de sentencia por parte de quienes lo observan. Entonces, desde esa dualidad de ser actor y espectador, todos los que establecemos comunicación con la tela, anhelamos que Carlos no sea juzgado bajo ese cielo infausto, oscuro, de augurios turbulentos. Se desea pueda acceder a un cielo donde resplandece la luz. Aunque más no sea de manera tímida, como ocurre con el blanco que ilumina otras pinturas, que baña dócilmente a la solitaria, desangelada personita.

De inmediato, acude la interrogante sobre cuál ha sido, sigue siendo, el manso y porfiado combate de Carlos. Un combate que no supone grandes enfrentamientos, que se desarrolla en travesías donde el destino, acaso Dios, lo somete a cercos apremiantes, renovados. No se sabe muy bien si acaso es una condena específica, o es un peregrinar aciago por las grandes habitaciones de un proceso kafkiano. A veces, como en Tránsito parece ser parte de una pequeña muchedumbre errante. En otras, como en El camino aguarda una posible redención. En él se descubren indicios que llegan desde otras vivencias, otras humildes épicas. Porque los padecimientos de Carlos, su peregrinar por esas escenografías, el someterse a la compañía de esas imprecisas muchedumbres fantasmales, tiene algo, tiene mucho, de nuestros trasiegos diarios. Por algo, Carlos es un ser de una procedencia innegablemente doméstica, casi ajeno a esos ámbitos excesivos, a esos templos del delirio. Pero en ellos está, por ellos anda. No es un gran actor, protagonista de un descomedido melodrama. Tampoco un raro tenor, aportando su aria en el tumulto de una ópera. Menos, un acróbata o malabarista de circo. Lo que conmueve no es su magnanimidad, su afán de trascendencia. Lo que conmueve es su estoica pasividad, su aparente resignación, su convicción de que está condenado a librar pequeñas batallas y su decisión de librarlas. Ganarlas, perderlas, cargarlas como un agobiante y transportable purgatorio. Acepta la inserción de su figura común, casi trivial, dentro de mundos fantásticos. Ni siquiera esa realidad ajena a sus días sencillos, tibiamente reconocibles, logra perturbarlo. Sigue ahí, a pesar de todos los pesares. Insiste y vuelve a insistir. Quizás porque ese acto de persistencia es lo que necesita hacer, lo único que da sentido a su vida, lo que puede cerrar todas las heridas.

Ese ahínco de Carlos, los lugares por donde lo manifiesta, es lo que sorprende, lo que atrae de manera nada convencional, en estas nuevas pinturas de Martha Escondeur. Ante todo y a nivel de idea, de concepto, la increíble atmósfera que alienta en todos los escenarios, en la arquitectura turbadora que va construyéndolos. En ella se percibe la incidencia de varias fuentes nutricias, desde Goya a Francis Bacon, incidencia que es asimilada y digerida hasta devenir narración singular. Por cierto no es la gran epopeya histórica ofrecida por los fusilamientos del Tres de mayo de 1808, ni el terrible y angustiante dramatismo que se refleja en algunas de sus famosas series grabadas como los Sueños o los Caprichos. Tampoco son los destrozados escenarios baconianos, donde el ser humano es fracturado y retorcido hasta la exasperación. Es la asombrosa inserción de una personita tierna y sencilla en los dominios de un drama donde otra realidad, nacida en la dimensión extraña de lo maravilloso, lo vapulea, lo condiciona, intenta sumirlo en una aventura sin deslumbramientos, sin sortilegios. Una fatalidad que tiene mucho que ver con la empecinada decisión de resistir.

No es novedad decir que Martha Escondeur maneja la pintura y la escultura con gran solvencia técnica. En lo personal, con sus trabajos anteriores en ambas disciplinas no establecía una profunda afinidad sensible. Si bien reconozco que sus últimos trabajos de los Tangos me impactan mucho más que ejemplos anteriores. Con esta serie de obras, en torno a la pequeña gran ópera del pobre Carlos, la conexión fue inmediata. ¿Cómo puede ser, si se trata de la misma artista? Muy simple, el juicio artístico es siempre inevitablemente subjetivo. La nueva serie que en lo personal me conmovió, me interesó, terminó ejerciendo esa rara atracción, para otros supondrá una amable ajenidad. El interés no nace sólo por sentir que estas nuevas experiencias conllevan una postura más jugada, desprenden mayor riesgo. No, lo esencial es el acierto en la elección del modo pictórico, la selección de recursos escultóricos para abordar ambas narraciones. Sobre todo, me parece una actitud de enorme honestidad creadora que la artista emprenda este camino porque necesita hacerlo, porque confía en los gestos extendidos hacia nosotros, hacia los que tenemos otra función que cumplir, la función receptiva.

Por un lado, la serie de pinturas muestra un tratamiento extremadamente peculiar. La pincelada es dócil, de una sorprendente tersura. Parece acariciar la tela, desplazarse muy despacio, con una lentitud casi sensual. Nace, así, una casi paradojal situación entre la suavidad del modo para enunciar el relato y las espesuras de clima que tal relato supone. Esa condición disyuntiva, sin embargo, no supone rupturas ni contradicciones. Es como si el temperamento melancólico del modo pictórico buscase atenuar el drama. Como si la semántica formal quisiese impregnarse de la ternura, de la indefensión del pobre Carlos. Parte fundamental de esa cualidad narrativa tiene que ver con las opciones cromáticas. La paleta es terrosa, manejada en todos las tonalidades de un dominante marrón. Desde ocres claros hasta matices que lo asoman al negro. Junto a ellos, el rojo, en menor medida, el violeta, estableciendo interrupciones que estremecen la penumbra de los escenarios. Rasgo categórico, las finas iluminaciones del blanco. En El camino, el blanco tiñe con una mínima luz a Carlos, a la valija que puede haber dejado en un estadio anterior. En La luz el gran foco blanco parece indicar un lugar fundamental, un encuentro culminante. Por su parte, las esculturas, junto a su poética austeridad de recursos, muestran otra virtud básica. Son pocos los antecedentes donde la escultura usual, el modelado y posterior vaciado en bronce, se integra con fluidez en contextos que pertenecen al objeto. Carlos, su cuerpito tímido, levemente encorvado, aparece en lugares insólitos. Añosas cajas-ficheros, una roja silla, una progresión de marcos, una viejísima máquina de escribir.

Como sucede en la mayoría de los procesos creativos, todo este trabajo, pinturas, esculturas-objetos, nace de un hecho azaroso. El precipitante de toda la muestra es una pequeña pintura de Carlos que, salvo la descripción del personaje, nada tiene que ver con los escenarios reseñados. Sin embargo, para Martha Escondeur adquiere un valor de emblema. Por eso su figura desgarbada, sobre un fondo bastante luminoso, custodia la entrada de la muestra, invita a participar en ella. Quizás, gracias a la blanda e invencible coraza de su ternura, está allí para constituirse en prólogo de una travesía iniciática. O quizás está allí, para decir que es posible, desde lo poquito, desde esa misma vigorosa ternura, trascender los metafóricos infiernos cotidianos. Salir digno, casi indemne, un tanto desvalido, pero resueltamente humano.

Alfredo Torres